Música, vulgaridad y la responsabilidad que nos toca II


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Música, vulgaridad y la responsabilidad que nos toca II

En la primera entrega de este comentario planteamos una pregunta incómoda: ¿qué estamos permitiendo que eduque a nuestros niños cuando los adultos dejamos ese espacio vacío? Toca ahora entrar en los detalles, mirar de cerca el fenómeno que ha desatado el debate, y hacerlo sin caer en la satanización fácil ni en la complacencia irresponsable.

El reparto no surgió con pretensiones artísticas en un estudio de grabación, sino en los barrios más humildes de Cuba, como una suerte de reguetón casero hecho con recursos mínimos y una necesidad de expresión. 

El polémico reguetonero cubano Chocolate MC, quien a lo largo de los años se ha autoproclamado rey del “reparto”, sentó las bases de un estilo crudo, oral y explícito que después heredarían decenas de exponentes que defienden el estilo musical. Sin entrar en la reproducción textual de sus letras —por respeto a los derechos de autor y porque tampoco es necesario para entender el fenómeno—, basta con describir sus temáticas recurrentes para dimensionar el problema.

Canciones que han alcanzado decenas de millones de reproducciones combinadas en plataformas digitales narran, con total naturalidad, historias de mujeres reducidas a objetos de deseo, sometidas a un imaginario de cirugías estéticas, lujo y disponibilidad sexual permanente. Otras construyen relatos donde la violencia callejera, el delito y la “ley del más fuerte” se presentan casi como códigos de honor.

Un análisis reciente publicado por Cubadebate fue todavía más directo al calificar al género, en su vertiente más agresiva, como una especie de manual de conducta que reduce a la mujer a un trofeo y normaliza el control dentro de la pareja. Es una valoración dura, quizás excesiva, si se aplica a todo el espectro del género, pero que retrata con claridad el núcleo del problema que nos ocupa: no es la existencia de la música urbana lo que preocupa, sino el tipo específico de mensajes que una parte de ella ha elegido repetir hasta el cansancio.

El fenómeno tampoco es exclusivo de Cuba, el detroit, corriente hermana surgida también del ingenio de los productores urbanos con recursos limitados, comparte con el reparto esa estética de base electrónica repetitiva y letras igualmente explícitas. Aquí es donde el debate deja de ser una discusión estética y se convierte en un asunto de salud pública y formación ciudadana.

¿Por qué enaltecer un género musical que invita a la violencia? ¿Hasta qué punto una tendencia puede o no influir en el comportamiento en sociedad?

Los especialistas en desarrollo infantil y adolescente coinciden en que la música actúa como un vehículo de socialización particularmente eficaz, porque combina tres elementos poderosos: repetición, emoción y placer rítmico. Cuando esa combinación transporta contenidos violentos o degradantes, el riesgo no es solo que el menor “aprenda una mala palabra”, sino algo más profundo: la interiorización de modelos de relación de pareja basados en el control y la posesión, la naturalización de la violencia verbal como forma válida de comunicación, y la asociación entre éxito y ostentación material o sexual como únicos referentes de estatus.

Para la cultura en sentido amplio, el riesgo es igual de serio: el empobrecimiento del lenguaje, la reducción de la creatividad musical a fórmulas repetitivas y la percepción, cada vez más extendida entre las nuevas generaciones, de que la vulgaridad es sinónimo de autenticidad.

Prohibir el reparto, como ya han advertido investigadores y colegas del gremio, no resuelve nada. La historia reciente de la música urbana demuestra que la prohibición institucional solo empuja al género hacia la clandestinidad y lo dota, además, de un atractivo adicional asociado a la rebeldía. 

En corto plazo, la responsabilidad recae en el entorno más cercano al menor, la familias que escuchen junto a sus hijos lo que están consumiendo y que abran la conversación en lugar de imponer el silencio o la prohibición absoluta. A mediano plazo, la tarea es de mayor calado e involucra a instituciones culturales, productores y a la propia industria: fomentar espacios de formación para productores y compositores jóvenes que quieran hacer música urbana sin recurrir a la vulgaridad como fórmula de éxito comercial, visibilizar y promocionar a los exponentes del género.

Ninguna de estas medidas exige marginar un género musical ni desconocer su valor como expresión legítima de sectores sociales históricamente invisibilizados. Exige, eso sí, que la sociedad en su conjunto —familias, escuelas, medios comunicativos e instituciones culturales— deje de mirar el fenómeno de reojo y empiece a ocupar, con propuestas concretas, el espacio educativo que hoy está llenando, casi en solitario, un altavoz.