¿Cómo Yemen se convirtió en el epicentro de la tormenta perfecta?


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En esta sección no pocas veces hemos analizado la situación en Medio Oriente y sus implicaciones en la geopolítica regional y global. No obstante, actores hoy protagonistas como el movimiento Ansar Allah, dirigido por Abdul-Malik al-Houthi, en el país más empobrecido de la región —Yemen— no han tenido en A Contragolpe un estudio más profundo.

Hay que reconocer que la forma en que el mundo descubre —y analiza— a los actores geopolíticos no siempre está motivada por su importancia, sino por los elementos de actualidad, dejando de lado, en múltiples ocasiones, su impacto real a largo plazo en el desarrollo de los acontecimientos. En el caso específico de los “hutíes”, es una constante que primero se les ignora, luego se les simplifica como «proxies» de alguien más, y finalmente, cuando ya es imposible negar su peso, se ve obligado a tratarlos como lo que son.

Los hutíes de Yemen han recorrido ese camino en tiempo récord. Hace apenas una década eran una milicia marginal en las montañas de Saada, en el norte de Yemen, ignorada por el llamado “occidente colectivo” y despreciada como un apéndice irrelevante del «eje chií» liderado por Teherán. Hoy, con el control del estrecho de Bab-el-Mandeb casi completo tras la toma de la isla de Perim este 11 de septiembre, se han convertido en uno de los actores más decisivos del tablero de Oriente Medio.

Y su ascenso no es un accidente, ya que es el resultado de una combinación de marginación histórica, colapso estatal, rivalidades regionales y una capacidad de adaptación militar que ha sorprendido incluso a sus enemigos.

Para entender cómo un movimiento que nació como una iniciativa religiosa y cultural en la provincia de Saada terminó controlando una de las arterias comerciales más importantes del planeta, hoy en A Contragolpe proponemos conocer y analizar qué son, qué defienden y qué impacto pueden generar los hutíes en los más recientes acontecimientos globales.

Priero hay que remontarse a los orígenes. Los hutíes, que se autodenominan Ansar Allah («Partidarios de Dios»), surgieron en la década de 1990 en el seno de la comunidad zaidí, una rama del islam chií con presencia casi exclusiva en Yemen. Los zaidíes representan entre el 20% y el 30% de la población yemení, y durante siglos tuvieron un papel central en el poder político del norte del país.

¿Cómo Yemen se convirtió en el epicentro de la tormenta perfecta?

Sin embargo, esa posición fue debilitándose con la expansión de corrientes suníes más conservadoras, muchas de ellas impulsadas desde Arabia Saudí, y con la marginación sistemática del norte por parte de un Estado central incapaz de integrar sus distintas realidades tribales y territoriales.

El germen del movimiento fue la «Juventud Creyente», fundada en 1992 en Saada por Hussein Badreddin al-Houthi, una figura carismática que denunció abiertamente la corrupción del régimen del presidente Ali Abdullah Saleh y su sometimiento, según su visión, a los intereses de Arabia Saudí y Estados Unidos. En sus inicios, no era una estructura armada, sino una iniciativa religiosa y cultural orientada a revitalizar la identidad zaidí entre los jóvenes. Pero el deterioro de la situación política y el creciente descontento con el régimen radicalizaron al grupo, que pasó de la predicación a la insurgencia tras una serie de conflictos conocidos como las «guerras de Saada».

La transformación de los hutíes de movimiento insurgente local a actor regional no puede entenderse sin el colapso del Estado yemení y la intervención extranjera. En 2014, los hutíes tomaron la ciudad de Saná —la capital— y expulsaron al gobierno de Abd Rabbuh Mansur al-Hadi, lo que desencadenó una guerra civil que dura hasta hoy.

En marzo de 2015, Arabia Saudí encabezó una coalición militar —respaldada por Estados Unidos y con participación de Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin, Catar, Jordania, Egipto, Sudán y Pakistán— para restaurar al gobierno reconocido internacionalmente. La intervención no consiguió recuperar Saná, y el conflicto se prolongó durante años, con enfrentamientos terrestres y ataques aéreos que devastaron el país.

En este punto es donde la narrativa del «proxy iraní» se queda corta. Es cierto que Irán ha proporcionado a los hutíes armas, entrenamiento y apoyo financiero como parte de su «Eje de la Resistencia», una red que incluye a Hamás —en Gaza— y Hezbolá —en Líbano—. Pero los propios hutíes niegan ser un proxy iraní y afirman desarrollar sus propias armas. Un análisis de la Marine Corps University Press señala que los hutíes son «el aliado regional más exitoso, capaz y potencialmente letal» de Irán en su «Eje de la Resistencia», pero subraya que también están «firmemente arraigados dentro de los complejos contextos sociales, políticos, históricos y regionales de Yemen» y persiguen «una gama de intereses y objetivos domésticos que buscan equilibrar con sus alianzas externas». En otras palabras, ellos, los yemeníes, no son marionetas de Teherán, sino socios con agenda propia.

Creo que esta distinción es crucial para entender lo que ha sucedido durante la última semana. Tras el debilitamiento de Hezbolá en Líbano y la caída del régimen de Assad en Siria, los hutíes han visto elevarse su posición dentro del eje de la resistencia. Como señala un análisis de CNN, «el debilitamiento de otros aliados iraníes en la región… ha elevado la posición de la facción yemení en el llamado eje de la resistencia, y los hutíes querían capitalizar su nueva posición». Ya no son un actor secundario, sino una punta de lanza de Irán en el sur del mar Rojo.

¿Cómo Yemen se convirtió en el epicentro de la tormenta perfecta?

No obstante, el panorama político yemení es un rompecabezas fracturado donde conviven múltiples actores con intereses contrapuestos. Hay que entender que los hutíes controlan Saná y el noroeste del país, incluida la costa del mar Rojo, donde vive alrededor del 70% de la población. Por otro lado, el gobierno reconocido internacionalmente, liderado por Rashad al-Alimi, tiene su sede en Adén y cuenta con el respaldo de Arabia Saudí.

Pero, para complicar más las cosas, esa coalición antihutí está profundamente dividida, ya que el separatista Consejo de Transición del Sur (CTS), respaldado por Emiratos Árabes Unidos, controla la mayor parte del sur, incluidas ciudades portuarias e islas cruciales, y busca la independencia del sur de Yemen. Las tensiones entre Arabia Saudí y Emiratos han estallado en enfrentamientos armados entre facciones aliadas, lo que ha debilitado aún más la posición del gobierno en el sur.

En este contexto, la ofensiva hutí de este septiembre ha sido un golpe devastador para la coalición saudí-emiratí. Si agarramos un mapa, podemos seguir la pista del éxito hutí. En apenas unos días, los hutíes tomaron la ciudad portuaria de Mocha, el distrito de Dhubab —directamente junto al estrecho— y la estratégica isla de Perim —también conocida como Mayun—, situada en el centro del estrecho de Bab-el-Mandeb. La isla, de apenas trece kilómetros cuadrados, divide el estrecho en dos canales y otorga a quien la controle una posición privilegiada para monitorear y potencialmente amenazar el tráfico marítimo sin depender únicamente de misiles de largo alcance. Los hutíes también han asediado las islas Hanish y han capturado Zuqar, consolidando su control sobre todo el estrecho.

Ahora, hay que conocer que las consecuencias de este avance son múltiples y profundas. Aún con el mapa en nuestras manos, podemos observar que en primer lugar, esto afecta directamente a Arabia Saudí, que tras el cierre del estrecho de Ormuz por Irán había desviado sus exportaciones de petróleo hacia el mar Rojo, incrementando los envíos desde el puerto de Yanbu. Ahora, ese desvío está amenazado por los hutíes, que ya han atacado el oleoducto este-oeste que transporta crudo saudí desde Abqaiq hasta Yanbu, la única opción para evitar Ormuz.

El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, llamó dos veces a Trump para pedirle ataques contra los hutíes; Trump rechazó la solicitud, según Axios. Es un indicio de que Washington, empantanado en su guerra con Irán y a dos meses de las elecciones de medio término, no tiene apetito por abrir un nuevo frente.

En segundo lugar, el control hutí de Bab-el-Mandeb otorga a Irán una palanca adicional en su confrontación con Estados Unidos. Teherán ya controla de facto el estrecho de Ormuz desde el inicio de la guerra en febrero de 2026. Ahora, con su aliado yemení controlando el otro gran paso marítimo de la región, Irán tiene influencia sobre dos de las rutas más importantes del comercio energético mundial.

Como señala CNN, «el conflicto también sirve a los intereses de Irán al aumentar la presión sobre el productor petrolero aliado de Estados Unidos, mientras Teherán busca influencia contra Washington». El precio del crudo Brent subió al menos un 4% tras la toma de Perim, hasta alrededor de 105 dólares por barril, ante el temor de que el tráfico por Bab-el-Mandeb enfrente mayores perturbaciones.

En tercer lugar, el avance hutí pone de manifiesto la fragilidad del orden regional que Estados Unidos y sus aliados han intentado imponer en Oriente Medio. La coalición saudí-emiratí, que durante una década intentó derrotar a los hutíes, ha fracasado. El gobierno yemení reconocido internacionalmente controla cada vez menos territorio. Y Washington, que ha proporcionado inteligencia y apoyo operativo a la coalición —incluyendo más de 100 asesores militares desplegados en Arabia Saudí con acceso a datos geoespaciales avanzados para la identificación de objetivos—, se encuentra en la incómoda posición de observar cómo su aliado más cercano en la península arábiga pierde terreno frente a un movimiento que no puede derrotar.

Este escenario —cómo hemos analizado siempre en A Contragolpe— se inscribe en un contexto más amplio, determinado por la pérdida de hegemonía de Estados Unidos y el avance hacia un mundo multipolar.

Durante décadas, Washington pudo imponer su voluntad en el Golfo Pérsico y el mar Rojo mediante una combinación de presencia militar, alianzas con monarquías locales y control de las rutas marítimas. Ese orden se está desmoronando a velocidades no calculadas por el establishment norteamericano.

Irán controla Ormuz. Los hutíes controlan Bab-el-Mandeb. Rusia y China profundizan sus lazos con Teherán. Y Estados Unidos, atrapado en una guerra impopular contra Irán, con una deuda pública que supera los 40 billones de dólares y una inflación que corroe el poder adquisitivo de sus ciudadanos, no tiene capacidad ni voluntad para abrir un nuevo frente en Yemen.

La lección que los hutíes han aprendido —y que están demostrando con cada avance— es que el poder no se mide solo en portaaviones y bases militares. Se mide también en la capacidad de controlar puntos de estrangulamiento, de infligir costos económicos insostenibles al adversario y de construir alianzas que trasciendan la lógica simplista del «proxy».

Los hutíes no son una simple extensión de Teherán. Son un movimiento con raíces profundas en la sociedad yemení, con objetivos propios y con una capacidad de adaptación militar que les ha permitido sobrevivir a una década de bombardeos y emerger más fuertes.

Creo que el mundo que se avecina no será el de un solo poder hegemónico imponiendo su voluntad. Será un mundo de poderes regionales, de actores no estatales con capacidad de desafiar a los Estados, de rutas comerciales disputadas y de alianzas fluidas.

Los hutíes, con su control de Bab-el-Mandeb, acaban de demostrar que incluso los actores más modestos, en el país más pobre del área, pueden alterar el equilibrio global si encuentran el punto de presión adecuado. Y en ese nuevo tablero, la pregunta ya no es si Estados Unidos puede recuperar su hegemonía perdida, sino si alguien —en Washington, en Riad o en Tel Aviv— tiene un plan que no sea la guerra eterna. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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