Making off Néster Núñez


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Néster Núñez

La cámara enfoca a un flaco sobre una laptop. La mesita de trabajo le queda pequeña y por ello lleva las piernas largas encogidas y la espalda doblada, como si fuera a quebrársele de un momento a otro. Al notarse filmado, se incorpora un poco y suelta un lamento de dolor cuando se le “estrallan” par de vértebras. Apaga el cigarro en una taza aún con un fondo de café, se arregla el pelo color cobre llovido y encara el lente. 

Al cambiar de posición, se puede observar qué hay en la pantalla de la computadora. Pequeño zoom para poder detallarlo. Dentro de una app de edición, está el fotograma de un niño que sostiene una cámara fotográfica. La inspecciona con sus dedos, como si fuera una pistola láser, la invención del doctor Morel o una máquina de capturar en plata las almas. 

“Retoco mi documental —explica Néster Núñez—. Para no ser el blanquito intelectual que va a entrevistar a una pobre familia, le entregué mi cámara a los chamas para que ellos mismos se filmaran. Gran parte del material final utilizado provino de ellos mismos”. 

El lente se aleja hasta alcanzar un plano general del flaco, la mesita de trabajo y un pedazo de la pared de su casa, de la que cuelga una fotografía donde una adolescente se arroja desde un puente. Sin embargo, al no estar en cuadro el río abajo y haber de fondo un cielo azul-cristal de canica, parece lanzarse hacia la nada, hacia el vacío de una Isla.  

“Yo sé por qué ustedes están aquí”, asegura. Entre la laptop y la taza de café con ceniza hay un pequeño objeto plástico. Él lo agarra y lo enseña en cámara. Tiene la forma de unos pulmones. Posee una inscripción: “Gran Premio del Festival de Cineclubes Yumurí”. 

“Este lo gané con el documental Al otro lado de la esperanza; el que retocaba ahorita. Va sobre una familia vulnerable del barrio Canímar. Había visitado esa casa unos cuantos años atrás, pero regresé para saber cuál era su situación actual”, manotea un poco y, en un giro de mano, casi descoloca la balita (el pequeño micrófono) en el cuello de su pulóver. 

“Quería llamar la atención, de alguna forma, hacia los rezagados, no desde la pornomiseria ni de la denuncia por la denuncia. El deber de un documentalista es contar el país”.

Coloca el premio otra vez sobre la mesa. “Hay cuatro más; pero como no sé dónde ponerlos los tengo regados por ahí”. Se pone de pie y se desenrolla hasta alcanzar su altura real. Luego, se echa a andar casa adentro. La cámara lo persigue. 

“Estudié licenciatura en Sicología, en la UCLV (Universidad Central de las Villas); pero para especializarme me gustaba la publicidad. Bebí muchos libros sobre el tema. Después de graduado, estuve dos años en el grupo de Comunicación de la Universidad, y de ahí salieron unos cuantos spots de bien público. Uno de ellos ganó el gran premio en el Festival de Telecentros; no obstante, yo no los filmaba, solo los escribía. En algún punto me propuse, incluso, estudiar documental en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños”.  

Néster Núñez

Habla y pasea la vista por los diferentes rincones de su hogar —la esquinita con la turbina, los butacones de caoba—, hasta por fin localizar el segundo pulmón plástico encima del refrigerador. Lo agarra y lo acerca a la cámara. La inscripción de este dice “Premio a Videoclip”. “Lo obtuve con la canción Aurora, de la Camerata José White. Ahí mezclé imágenes de concierto con otras de la ciudad, como Monserrate o el Valle Yumurí”. 

Desde la entrada de la casa se oyen ladridos, insistentes y demandantes. Néster coloca el reconocimiento donde estaba. “Ani, ya voy, ya voy. —Detrás de la reja, jadea una perra maciza, casi obesa—. A veces la dejo salir a dar una vuelta. Ella anda un poco por ahí, a veces nada en el río y luego regresa”. El camarógrafo, con dificultad, como si le fuera a quebrar la espalda, se agacha para poder filmarla a su altura. La perra se lanza hacia él, quien debe retirar el equipo de su alcance para que no le babee el lente. “Se llama Animal, pero cariñosamente la llamamos Ani”. 

Mientras aquel ser corpulento, con su bamboleo de quien genera fracturas en la realidad, rezongaba por la sala, él volvió a su búsqueda de los pulmones plásticos. “A principios de los 2000 regresé a Matanzas. Trabajé un año como periodista en TV Yumurí y me hice cargo del programa Lente histórico; lo más parecido al documental que llevé a cabo por aquel entonces. Estudiaba mucho sobre luces y sonidos; pero nunca agarré una cámara ni edité yo mismo. Solo filmé un pequeño reportaje en el Tren de Hershey, titulado Mala maña, con una cámara enviada desde afuera por mi hermano. Después, estaría 12 años desvinculado del audiovisual”.

En un aparador en la pared del fondo del pasillo, encuentra dos de los otros premios, el de reportaje y el de spot de bien público. Los sostiene, al entrecruzar los dedos, una especie de cuna. “El primero fue por un trabajo del 2017, sobre la Academia de la Rumba de los Muñequitos de Matanzas; y el segundo por un video sobre los pasados 40 años de Ediciones Matanzas; ambos de cuando decidí en serio dedicarme a la fotografía y el video”.

De paso por la cocina, revisa la cafetera. Está vacía. Prepara una nueva colada. Primer plano de cómo desenrosca el artilugio. “Aprendí a hacer literatura, pero tenía que sobrevivir y para eso necesitaba dinero. Armé un bicitaxi para ‘ir tirando’. —Con un par de golpecitos del filtro contra el aluminio, saca la borra—. Escribía en la noche después de pedalear y con mi familia ya dormida. Publiqué unos cuantos libros: de cuentos para adultos e infantiles, como Olivia la pamplinosa, dedicado a mi hija”. 

Néster Núñez

Enjuaga cada pieza de la cafetera. “Trabajé como editor y luego frente a una brigada de construcción, cuando comenzó lo de las cooperativas. —Embute el filtro con polvo de café—. A mi esposa y a mí nos atacan en la calle, ambos recibimos heridas serias, pero logramos salvarnos. —Arma el aparato–. Después de la puñalada, un amigo me llama para trabajar como guionista en el proyecto El Almacén. —Enciende hornilla del fogón—. Luego, me atreví a filmar y editar yo mismo; aunque, como tal, aprendí a dominar la imagen cuando trabajé como fotógrafo del grupo de teatro El Portazo”.

Mientras la infusión se prepara, Néster continúa en su periplo. Entramos a su cuarto. Paneo de la habitación. Cama a medio hacer y unos zapatos debajo. Un escaparate con las puertas cerradas. Una silla y short. Este concluye en el justo sitio —una mesita en la esquina— donde se encuentra el último pulmón plástico. Él va hacia allá y levanta el trofeo. “Es el de edición. Me lo entregaron también por el videoclip de la Camerata José White. Con este concluimos. De alguna manera, al ser de años diferentes cada trabajo, constituyen un compendio de mi labor desde el comienzo, unos meses después de la agresión, hasta ahora”. 

La cafetera llama desde la cocina. Va hacia allá y la baja de la candela. Se sirve un buen chorro y le ofrece al camarógrafo, quien con un gesto de la mano le indica que después, cuando pare el rodaje. Enciende un cigarro y le da una patada larga. “¿Sabes? Últimamente, aunque he hecho mucha fotografía, el audiovisual es lo que más me llama la atención. Me permite expresarme de todas las maneras y el impacto en el espectador es más fuerte. Es como dirigir una ópera. Todo se trata de conducir al espectador hacia una idea o sentimiento”.

La cámara sigue el chorro de humo proveniente de la boca de Néster, el cual sube hasta asentarse como una nube a ras de techo. Finalmente, ocurre un fundido en negro.