Réquiem por Lucas: ¿por qué el programa debe aceptar su propio final?


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Llevo años observando la pantalla televisiva y analizando el comportamiento de la cultura visual en Cuba, y hoy no puedo evitar llegar a una conclusión categórica: el programa Lucas ya llegó a su fin. No hablo de un cierre burocrático o de una nota oficial que anuncie su salida del aire, pues la señal estatal probablemente seguirá emitiendo sus entregas dominicales por pura inercia institucional. Me refiero a su muerte funcional y simbólica, a la pérdida absoluta de la relevancia que alguna vez lo convirtió en el fenómeno sociocultural más importante del país.

La crítica hacia las malas propuestas audiovisuales en Lucas exige señalar con rigor el deterioro técnico y conceptual que hoy predomina en la pantalla. Lo que en sus orígenes funcionó como un laboratorio de experimentación cinematográfica para el videoclip cubano, ha derivado progresivamente en un escaparate que privilegia el efectismo sobre el lenguaje plástico.

​El problema fundamental radica en la sustitución del concepto por la pose. Ha desaparecido la búsqueda de la metáfora, el uso narrativo de la imagen y la construcción de símbolos que dialogaban con la pieza musical, cediendo espacio a una estandarización visual dominada por la hipersexualización, la ostentación de marcas y la reproducción acrítica de la estética del género urbano internacional.

​Desde el punto de vista técnico, la mayor disponibilidad de tecnología digital (drones, iluminación led y cámaras de alta resolución) no se ha traducido en una mayor madurez estética. Al contrario, predomina una edición acelerada que intenta disimular la ausencia de dirección de arte, junto a una iluminación repetitiva de neones y movimientos de cámara mecánicos que convierten a los clips en catálogos homogéneos.

​Al ceder terreno ante la inmediatez de las redes sociales y priorizar la votación popular por encima del rigor cualitativo, el espacio termina validando producciones de escasa factura. En lugar de formar el gusto del espectador y exigir excelencia a los realizadores, el programa ha pasado a certificar la mediocridad visual en favor de la comercialización rápida.

​Para entender la magnitud de su caída, es imprescindible recordar el panorama del que surgió a finales de los 90. En medio de la profunda crisis del Período Especial, Orlando Cruzata y su equipo lograron una proeza estética: tomaron el videoclip, un formato que hasta entonces era tratado como un mero relleno de programación en la Televisión Cubana, y lo elevaron a la categoría de arte mayor. Lucas creó un mercado, legitimó un lenguaje audiovisual y ofreció una plataforma de experimentación visual para realizadores graduados de las escuelas de arte. Durante más de una década, el programa dictó los gustos musicales de la Isla, rescató la pluralidad de géneros —desde la trova y el rock hasta la música bailable— y ofreció un espacio de soltura e ironía que rompió de forma drástica con el tono rancio y adoctrinador de la pantalla nacional. Sus galas anuales en el Teatro Karl Marx no eran simples entregas de premios, sino verdaderos acontecimientos de masas donde la juventud celebraba su propia identidad visual.

​Sin embargo, los proyectos que nacen para transgredir corren el riesgo de convertirse en aquello que un día combatieron. La decadencia de Lucas no ocurrió de forma repentina, sino a través de un lento proceso de fosilización acelerado por las transformaciones tecnológicas. Con la llegada de Internet, la expansión del Paquete Semanal y el dominio absoluto de plataformas como YouTube e Instagram, el espacio perdió su activo más valioso: la primicia. El videoclip dejó de necesitar la televisión tradicional para existir y triunfar. Hoy en día, cuando un video se transmite un domingo por la tarde en la televisión, los jóvenes ya lo han visto, compartido y comentado en sus teléfonos semanas atrás. El monopólico Lucasnómetro quedó reducido a un vestigio anacrónico frente a los algoritmos y las métricas en tiempo real.

​A la pérdida de exclusividad se le sumó un inocultable agotamiento creativo y técnico. La frescura locutiva, el humor absurdo y los personajes enfundados en máscaras, que a finales del siglo XX resultaban irreverentes, se transformaron con los años en fórmulas mecánicas, predecibles y desfasadas del lenguaje de las nuevas generaciones. Paralelamente, la crisis económica del país impactó de manera directa en los presupuestos de producción de los realizadores. La búsqueda conceptual y la experimentación visual que caracterizaron los años dorados del espacio fueron sustituidas por producciones comerciales estándar, estéticas homogéneas y una caída generalizada en la factura técnica de los concursantes.

​Afirmar que Lucas llegó al final no es un acto de desprecio hacia su historia, sino un ejercicio de honestidad intelectual. Pretender que un formato concebido para el consumo televisivo de los 90 siga marcando la pauta en la era de la inmediatez digital es negarse a aceptar el paso del tiempo. El espacio cumplió su ciclo histórico y transformó para siempre la cultura audiovisual cubana, pero mantenerlo con vida por puro compromiso burocrático solo contribuye a desdibujar el recuerdo de lo que alguna vez fue. Sencillamente, el show terminó. (María de los Ángeles Horta Hernández)