Educar desde la equidad
Con su mayor orgullo, Lucía arrastra la llamativa mochila con rueditas, camino a la escuela. Los rayos del sol provocan que los destellos de brillos y lentejuelas se perciban desde lejos. Ella todo lo tiene combinado: mochila, merendero, hasta la carterita, donde hay todo tipo de útiles escolares.
Danielito también está feliz con el regreso a clases. No tiene mochila nueva, pero entiende que los tiempos son difíciles. Lo que más le motiva es la dulzura de su maestra, que no parece recién salida de academias, sino toda una avezada en materias escolares y educación en valores.
Sin embargo, la Lore sí anda un poco frustrada. El techo de zinc en ocasiones hace sentir su aula como microondas, lo que complica la concentración, pero la economía hogareña apenas alcanzó para garantizar las libretas del período. Mientras ella agita un trozo de cartón dibujado, otros tienen en la esquina de su mesa ventiladores portátiles para ayudar a disipar el calor.
“¿Por qué ellos sí y yo no?”, cuestiona la pequeña, quien no tiene la suficiente madurez para entender de salarios que no alcanzan ante precios sin tope, y diferencias que no tendrían por qué sentirse en un sector en el que, desde antaño, se intentó mantener la equidad.
Enfrentando numerosos desafíos, comenzó el nuevo año lectivo, con la certeza de que la educación no es un lujo del cual se pueda prescindir. Aulas con mejor acabado, escuelas con comedores transformados en espacios docentes y materiales de la construcción que vienen y van; claustros que se completan en el camino; padres que rescatan mobiliario desechado por serias roturas; complejidades en la transportación desde zonas más distantes; apagones; constituyen realidades en medio de una de las crisis más complejas que ha atravesado la Isla.
Muchos esfuerzos de docentes, directivos y hasta familiares ha requerido el nuevo comienzo. Pero hay algo que golpea más allá de las deficiencias a solucionar en el trayecto, y es que ha quedado subrogado un principio con un valor altísimo en cuestiones de pedagogía: la equidad.
¿Qué ocurre cuando la igualdad se resquebraja en el espacio que debería ser su santuario? ¿Qué ocurre cuando la mochila con rueditas y el ventilador portátil se convierten en marcadores invisibles de una diferencia que los niños, con su lucidez implacable, aprenden a “leer” antes de saber escribir?
La equidad no es un concepto abstracto que se aborde desde una lección de ética, sino que se construye —o destruye— en el día a día. Se construye cuando todos los niños tienen las mismas posibilidades de aprender, sin que el lugar donde nacieron o el ingreso de sus padres condicionen su futuro. Se destruye cuando, sin quererlo, la escuela reproduce desigualdades que la sociedad no ha podido resolver.
Cuando una niña como Lore se pregunta por qué otros tienen y ella no, la escuela está fallando no solo en su función pedagógica, sino en su esencia más profunda: la de ser el espacio donde se forja la conciencia de la igualdad.
Fidel no habló de la igualdad como un destino al que se llega, sino como un camino que se recorre. Y se camino, en la educación, se transita con acciones concretas que garanticen que cada niño, sin importar su origen, tenga lo que necesita para aprender.
No se trata de uniformar por decreto, sino de garantizar que la carencia no sea un obstáculo para el aprendizaje. No se trata de igualar hacia abajo, sino de elevar desde la base, de asegurar que el aula sea ese lugar donde las diferencias no se marcan, se borran.
En estos tiempos de crisis, de recursos escasos y de creatividad obligada, el llamado es más urgente que nunca a recuperar la equidad como principio activo. La igualdad no es un privilegio, sino un derecho; y la equidad no es una concesión, sino una conquista. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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